| 2. Antecedentes
En América Latina, frente a la crítica situación provocada por el impacto de los procesos de globalización - tecnológica, financiera y política - y el ajuste estructural sostenido sobre las economías nacionales, se vienen desarrollando múltiples experiencias de resistencia y búsqueda de alternativas, por lo que podemos considerar a la región como verdadero "laboratorio social" .
Así, en la última década, han proliferado numerosas iniciativas incluidas en el campo de las llamadas "economías solidarias", que en realidad refieren a una multiplicidad de prácticas muy diversas según el contexto en el que surgen. Si en el hemisferio Norte, ellas interpelan a un Estado Social sobre nuevas necesidades no cubiertas y a la administración pública y privada sobre la calidad de los servicios y la consideración por el usuario, en el Sur están inmersas en un Estado desguazado y reducido a su mínima expresión, en eficiencia y frecuentemente en los valores éticos que lo sostienen .
Pero esas experiencias, en su casi totalidad, están circunscriptas a grupos o comunidades, de mayores o menores dimensiones, y generalmente actúan en distintas etapas de la cadena de producción-intercambio-consumo: hablamos ya sea de microemprendimientos, producciones colectivas o cooperativas, compras comunitarias, redes de comercialización, intercambio local, monedas sociales, bancos sociales, por mencionar tan sólo algunas. Otras están ligadas a movimientos de actores sociales específicos, como es el caso de los trabajadores rurales sin tierra en Brasil (MST), los piqueteros en Argentina, las asociaciones mujeres rurales, campesinos, desempleados, trabajadores de fábricas recuperadas .
De modo general, en América Latina, casi todas las iniciativas económicas de esa gran familia - salvo pocas excepciones - se encuentran excluidas del sistema formal, quedando marginadas como economías "informales" y vinculadas, en principio, a una lógica de subsistencia y a una valoración exclusiva del empleo como fuente de recursos y dignidad. Tampoco podemos dejar de lado que en esta región hay experiencias muy desarrolladas, de larga trayectoria, ligadas a promover un sistema solidario como son las cooperativas y mutuales y sus asociaciones. Son referentes en este sentido los casos de Colombia, Perú, Brasil y Argentina, entre otros .
En Argentina, numerosas iniciativas han logrado agruparse en un primer nivel de organización y otras han llegado a un segundo nivel. La mayoría se autogestionan y hay casos en que se ha logrado una gestión compartida con el Estado y otras organizaciones publicas o privadas: es el caso del Plan de Manejo del Parque Avellaneda y el Plan de Sector de Palermo, en Capital Federal y los Centros Educativos para la Producción Total, en la Provincia de Buenos Aires, que pronto cumplirán sus dos décadas de existencia .
Lo que nos parece relevante aquí es observar que, en todos esos casos, no existe una clara separación de las iniciativas económicas y de aquellas donde la dimensión política forma parte de las mismas, señalando lo que queremos plantear aquí:
* que la Economía Solidaria, en tanto movimiento social emergente, corresponde a un proceso de radicalización de la democracia, al igual que el presupuesto participativo y el microcrédito cuando dirigidos a enfrentar estructuralmente las causas de la exclusión.
Mas aún, es posible reconocer que como proyecto político, considerando a la Economía Solidaria como movimiento social emergente o como actor protagónico, se hace necesario avanzar en el sentido de :
* consolidar estas experiencias como prácticas sociales innovadoras con el fin de promover la organización de las comunidades;
*integrar en proyectos democratizantes en curso (económicos o no) los distintos componentes del Programa - teniendo en cuenta las particularidades de cada comunidad - alrededor de un Plan de Desarrollo Integrado y Sustentable;
* transferir conocimientos y entrenar habilidades personales, grupales e institucionales que superen las actuales limitaciones voluntaristas o el burocratismo crónico;
* crear dispositivos y espacios que promuevan estrategias de construcción de inteligencia colectiva que capitalicen todas esas experiencias, ricas y abundantes, pero dispersas;
* promover la organicidad de estas prácticas con la visión de conformar un sistema solidario que las saque del contexto interior de los grupos y las haga capaces de provocar impacto significativo en la transformación de la economía y en el ejercicio de la ciudadanía;
* difundir y sistematizar el estado y evolución de cada caso-tipo, poniendo en red a los distintos actores capaces de/ comprometidos a replicarlas en otros contextos.
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